Ofrenda

Pienso en la palabra abuela y a mi mente viene el aroma de las mandarinas en las manos de Socorrito, los dedos de Gude domando mi cabello rebelde para ir a la iglesia, el abrazo débil de Esperanza y sus anillos de cobre. Escucho la palabra abuela y las sílabas resuenan en la parte más profunda e intangible de mi cuerpo. Los sonidos buscan un espacio para hacer sentido, pero no lo encuentran. Me pesa la orfandad de ese cariño, de la ternura, de la fuerza de las abuelas. Intento asir los recuerdos que con el paso de los años se van cubriendo de un velo que los hace inexactos y la parte rigurosa de mi mente pregunta si realmente sucedieron o sólo son una ficción que me invento para sobrevivir a su ausencia. Escribo la palabra abuela y todo por dentro se me desmorona. Tres mujeres. Tres mujeres que me cobijaron entre sus brazos. Unas más cariñosas que otras, unas más presentes que otras, pero todas ellas, parte de mi altar de ausencias dolorosas. Todas ellas arrebatadas por la enfermedad. Y la culpa brota al oír en mis labios la palabra a-bue-la. ¿Con qué cara puedo hablar ahora de su cariño, de la falta que me hacen o escribir sobre ellas si cuando estaban vivas, aplazaba las visitas porque daba todo por sentado y sentía que siempre iban a estar ahí para mí? ¿Con qué cara puedo hablar de lo mucho que me gustaría tocar sus manos de terciopelo, si cuando fui niña o adolescente, tuve celos del cuidado que mi madre depositaba en ellas? Mis abuelas. Sus recuerdos contenidos en un escapulario que huele a rosas, una pulsera con chapa de oro y una fotografía de juventud. Mis abuelas. Sus rostros siempre en mis memorias, en las líneas de mis manos, que tocaron las suyas. Mis abuelas. Esta es mi ofrenda.

Mamá Gude

Siempre que entro al metro de la Ciudad de México escucho los ecos de tus pasos, te veo interpretando y memorizando los logos de cada una de las estaciones, porque no sabes leer. Con la entereza de tu cuerpo pequeño, te mueves siempre con la seguridad de saber a dónde llegar. Cada que me pierdo en una calle, traigo tu recuerdo a mi brújula como un talismán para mi propia movilidad. Cierro los ojos. A mi mente se viene esa casa debajo de un enorme guamúchil; esa casa que en realidad era sólo una estancia con dos camas, dos roperos, una mesa redonda de cristal, una estufa, una pequeñita alacena de lámina azul y un enorme estante en el que guardabas los recuerdos de tus hijos. Afuera, unas escaleras altas que llevaban a un patio, con su pileta, el lavadero y un enorme guayabo. En esas escaleras te sentabas, vigilante, mientras tus nietos jugaban a la rueda, rueda de san Miguel, San Miguel, todos cargan su caja miel… Mis ojos se abren, y ahora estoy sentada en la banqueta trasera de tu casa, mientras con tus manos firmes desenredas mi cabello. Creo que nunca lo supiste, pero mis días favoritos eran los miércoles porque me daban palanquetas en el kínder y a la salida, mi mamá pasaba por mí para ir a visitarte. En el aire se combina el aroma del guayabo y de tus manos olor a jabón Maja. Una imagen dulce e inamovible en mi memoria: estás sentada en una sillita de color azul, mi hermana acompañándote, en la entrada de tu casa, junto al eterno moño negro de tu viudez. Una imagen fracturada que guardo en mi corazón: el techo roto de tu casa por una rama del guamúchil, algunos meses después de tu muerte. Un objeto para invocar tu protección: la última pulsera que compraste en vida.

 

Mamá Pera

Ese algo en tu voz, un jugueteo que a veces era travieso y en ocasiones malicioso, lo reconozco en mí. Me miro en el espejo y puedo ver la resonancia de tu mirada. Nunca supe a ciencia cierta quién eras tú, tampoco tú quién era yo. Sólo sabía que mi corazón saltaba cada vez que te llevaban al hospital. La lejanía de nuestros corazones, que no de nuestros cuerpos, hizo que aprendiera a quererte a través del gran amor y devoción de mi padre, que siempre se volvía un niño pequeño cuando entrabas a la casa. Tu cuerpo, como un enorme laurel que se fue empequeñeciendo y achicopalando con el peso de la enfermedad. Eso sí, siempre seductora con tus anillos y pulseras de cobre, las uñas pintadas de rojo, el cabello —a veces rizado a veces lacio— cayendo sobre tus hombros. Siempre fuiste la figura antagónica de mi madre, perdóname si no supe comprenderte a tiempo. Si de algo sirve, revisitando tu recuerdo he aprendido a ser más empática con otras mujeres, con todas las mujeres. Nunca supimos quién era la otra, pero aun así depositaste tu corazón en mis manos cuando me pediste que escribiera tu última voluntad. A pesar de todo siempre tuviste una palabra de ternura para mí, un alimento que quitabas de tu boca para ponerlo en mi plato, una caricia de tus manos en las mías. ¿Sabes que me gusta bordar porque así puedo evocar tu figura en el patio, bordando las servilletas para las tortillas? Yo creo que eras como una de esas palomas que tanto te gustaban tener, bellísimas ellas con su plumaje blanco, pero encerradas, con las alas entumidas. Una canción para repararme en los días de angustia: tu risa líquida inundando nuestra cocina. Un murmullo que me quiebra de sólo recordarlo: el anuncio telefónico de tu muerte. Un objeto para invocar tu protección: tu nombre, Esperanza, como un aliciente para levantarme todos los días.

Socorrito

Las palabras se me rompen cuando intento precisar tu recuerdo a través de la escritura. Irónico, porque fuiste tú quien, en cierta medida, me heredó la palabra escrita como una forma de estar en el mundo. Siempre enorme para mis ojos, ahora inasible por tu ausencia. Cuando te pienso, me pregunto qué viste en mí para regalarme la ternura que cerraste para otros. Qué viste en esa niña flacucha que lloraba cuando le enseñabas tus tortugas. Tu nombre como un designio para mi vida, el auxilio de una chamaquita solitaria, de una niña que se sentía tan lejos de sus abuelas y que tú cobijaste como propia. Tu cocina-talavera, el patio de nuestros juegos, yo era Simba, tú me cantabas. Me dejabas desordenar las bolsas naranjas y amarillas que llevabas al mercado, con las que jugaba a quién sabe qué para luego meterme debajo de la mesa, mientras te movías por la cocina preparando la comida que compartíamos  con mi madre. Después, lavábamos los trastes. ¿Recuerdas que me regañabas porque ponía mucho jabón en el agua? Y luego, los libros. Mis primeras novelas, cuentos e historias fueron un regalo tuyo. Te gustaba saber que escribía como forma de ganarme la vida, aunque admitías que pude haber elegido algo más rentable. Si cierro los ojos, puedo verte en la sala recibiendo la luz que viene de la terraza, mientras lees el periódico con tus lentes bifocales. Luego, aunque casi no nos veíamos, todavía tus manos se extendían para cuidarme a través de la comida: las gorditas de vainilla, los frijoles con chicharrón y chorizo, el espagueti rojo, la carne de cerdo con verdolagas, los romeritos con papas. Una sensación imborrable en mi cuerpo: la calidez con la que me recibías en tu cocina. La última sensación que tuve al verte: el desasosiego de ver tu fuerte figura reducida y amarillenta en una cama de hospital. Un objeto para invocar tu protección: una batita suavecita de gatito, que al tacto se siente como el abrazo que ya nunca me darás.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s